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Fabiola Navarrete/ Tu Tiempo Digital

Hola a todos, es una bendición estar aquí de nuevo. Espero que el abrazo del Señor los mantenga consolados y protegidos.  En esta ocasión el Señor me ha pedido que hablemos sobre algo muy importante que hoy en día pareciera ya no existir en este mundo y es al Justicia. 

Llevamos ya muchos meses viendo morir personas de coronavirus, observando muchos desastres naturales y además muchos eventos violentos en todo el mundo. Es normal que este tipo de acontecimientos nos hagan sentir tristes e incluso enojados. De repente pareciera que lo único que hay en este mundo son actos que quedan impunes. Sin embargo, Dios en su Palabra, nos recuerda que él es quien se encarga de impartir la verdadera justicia.

En el Salmo 7, versículos 10 y 11 dice “Mi escudo está en Dios, que salva a los rectos de corazón. Dios es juez justo, y Dios está airado contra el impío todos los días”. Esta cita empieza de una manera hermosa, pues nos recuerda que Dios es nuestro escudo protector y que si lo buscamos de corazón y tratamos de hacer lo que a Él le agrada, nos protegerá siempre. 

Aquí nos dice claramente que Dios es un juez justo. Un juez es una persona que tiene la autoridad para juzgar y sentenciar. Sabemos que en la tierra hay autoridades y de hecho hay personas que tienen este cargo de juez y que trabajaban el Tribunal Superior de Justicia. Dios nos pide que respetemos a las autoridades terrenales y así lo debemos hacer. Sin embargo, estos jueces siguen siendo seres humanos falibles que de una u otra manera pueden fallar. Cada evento tiene dos versiones y sinceramente es difícil ser siempre imparciales. Sólo Dios puede ser justo y dictar la sentencia correcta para ambas partes. Él es sin duda, quien sabe lo que es mejor para nosotros.

Está bien acudir a las autoridades. Denunciar es algo que se sí debemos hacer. Yo sólo quiero invitarles a que no depositen su confianza en los jueces de este mundo, sino en Dios. Es el Señor quien dará el único veredicto que nos debe importar. Sólo Él puede ejecutar de manera imparcial estas dos acciones: juzgar y sentenciar. A nosotros no nos corresponde juzgar a otros y mucho menos querer hacer justicia con nuestra propia mano.

Nuestro Padre no se deleita viendo como las personas cometen actos de maldad contra otros. Es Él quien sufre más que nadie viendo todas estas tragedias. Como aquí también lo dice: Dios está airado con contra el impío. Estar airado es estar enojado y el impío es aquel que no actúa de la manera que a Dios le agrada. No se desanimen por ver que los que hacen el mal se salen “aparentemente” con la suya. Dios es quien nos pedirá cuentas a cada uno. Vamos a preocuparnos mejor por lo que hacemos nosotros para dejar que la justicia de Dios llegue a nuestra vida.

Recordemos que Dios nos pide perdonar a los que nos ofenden. Si nosotros nos soltamos esa ofensa, no permitimos que el brazo de justica del Señor se extienda sobre nuestra vida. Soltemos todo agravio y perdonemos de corazón para que Dios pueda obrar a nuestro favor. Yo he vivido eso de manera muy asombrosa y por eso se los digo. Me costó trabajo comprenderlo, pero hoy por fin he podido ver a Dios actuar con toda justicia en mi vida.

Es importante que recordemos que Dios nos pide que seamos restauradores de paz en todo momento, que busquemos siempre reconciliarnos con quien nos agrede. Sé que es todo un reto, pero sí lo podemos lograr. Debemos tratar de hacer nuestro mayor esfuerzo por hacer las paces y no guardar resentimiento. Yo sé que no todas las personas valoran esto, pero al hacerlo Dios ve que no quedó por nosotros y eso nos libera de mucha culpabilidad. De esta manera podemos quedarnos muy tranquilos descansando en Dios y esperando su recompensa.

En Santiago 3:18 dice “Y los que procuran la paz, siembran semillas de paz y recogerán una cosecha de justicia”. No sé ustedes, pero yo sí quiero recoger esa cosecha de justicia. Sembremos paz y recogeremos justicia. Vamos a dar lo mejor de nosotros. Sé que podemos hacerlo y juntos lograremos que este mundo sea mejor. Declaremos que seremos unos árboles bien plantados que darán sólo frutos de justicia. 

Les mando un fuerte abrazo y espero que sigan recibiendo las bondades y delicias que Dios tiene para todos nosotros. Primero Dios los veo pronto.

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