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Jimena y Leslie trabajan en campos agrícolas para sostenerse y a sus hermanos pequeños desde que sus padres fueron deportados. Su historia es similar a la de medio millón de menores de edad campesinos, y esto es lo que organizaciones intentan hacer para que los niños no tengan que abandonar sus estudios.

Por Didi Martinez, Christine Romo, Gabe Gutierrez y Nicole Suárez

SAN LUIS, Arizona.- Jimena y Leslie Aguilar saben que uno cosecha lo que siembra, porque prácticamente diario las hermanas adolescentes hacen trabajo agrícola. Así es que ambas saben que para obtener lo que quieren necesitan seguir estudiando.

Jimena, de 17 años, dice que quiere ser cirujana; Leslie, de 15, sueña con ser pediatra.

Pero seguir en la escuela no es sencillo para las hermanas, que se han vuelto las principales proveedoras para toda su familia desde que sus padres fueron deportados al lado mexicano de la frontera con Arizona, hace dos años.

“Es una gran responsabilidad. Tienes que cuidar a los niños”, indicó Jimena a un equipo de NBC News y Noticias Telemundo sobre sus hermanos, “y cocinarles, limpiar, todo eso”. Además de pagar la renta y varios otros gastos; todo, en medio de una pandemia.

Para costearlo, entre semana ambas adolescentes, ciudadanas estadounidenses, hacen fila desde las 4 de la mañana en un estacionamiento de un banco en el poblado fronterizo de San Luis, en espera de ser escogidas para una jornada de ardua labor en los campos de Arizona.

Una mañana reciente de septiembre, Leslie se quedó sola en el estacionamiento mientras veía a Jimena abordar uno de los autobuses que lleva a los jornaleros a una granja. Fue la primera vez que las hermanas no viajaban juntas, y Leslie estaba preocupada.

“No sé a dónde va a terminar. No sé con qué gente quede, a dónde la llevan ni nada así”, dijo. “No me gusta, porque normalmente vamos juntas”, pero agregó que es necesario porque al menos una de las dos necesita trabajar para ayudar a la familia.

Las Aguilar habían estado en el estacionamiento desde las 10:00 de la noche anterior, acercándose a cada autobús que llegaba, en busca de un trabajo, lo cual fue especialmente complicado ese día septembrino.

Arizona está en la transición entre temporadas de cosecha, por lo que hay más jornaleros buscando empleos. Ese primer día fueron contratados hombres adultos y trabajadores con más experiencia.

“Saben que venimos diario en busca de trabajo”, contó Leslie. “Y no nos eligen. Quisieran poder hacerlo, pero no lo hacen porque hay reglas; algunos solo necesitan a varones”.

A lo largo del último año, las hermanas han trabajado en el campo ocho horas al día y cinco días a la semana. Son solo dos de entre 400,000 y 500,000 trabajadores agrícolas menores de edad que cosechan los alimentos que comen los estadounidenses, de acuerdo con la Asociación de Programas de Oportunidad para Trabajadores Agrícolas (AFOP, por su sigla en inglés).

Las regulaciones actuales del Departamento del Trabajo permiten que niños, a veces tan jóvenes como de 12 años, hagan trabajo agrícola. Muchos son menores que no viven con sus padres, según datos.

Expertos afirman que, como resultado de esa situación, hay toda una generación de niñas y niños cuyas vidas giran en torno al campo y que batallan para poder estudiar.

Las hermanas Aguilar, por ejemplo, estudian la secundaria además de trabajar 40 horas a la semana. Intentan terminar su tarea a altas horas de la noche y luego toman una siesta, si pueden: muchas noches ni siquiera duermen.

El peligro es que el sistema educativo deje de lado a los jornaleros menores de edad y migrantes. Sin embargo, también hay organizaciones y personas dedicadas a evitar que eso suceda.

Las herramientas que hay que tener

La Oficina de Educación Migrante, parte del Departamento de Educación federal, cuenta con varios programas para que niños jornaleros e hijos de trabajadores agrícolas puedan terminar la primaria, secundaria y hasta la universidad.

El Programa de Educación Migrante (MEP, en sus siglas en inglés) da apoyos a quienes tienen menos de 21 años, mientras que el Programa de Asistencia Universitaria para Trabajadores Itinerantes (CAMP, en inglés) les da ayuda financiera a quienes cursan la licenciatura. Los proyectos fueron establecidos para que jóvenes como las Aguilar puedan superar las barreras que frenan su educación.

“Imagínese que se muda de un estado a otro sin conocer a absolutamente nadie y sin saber a dónde acudir para que sus hijos obtengan recursos”, dijo Laura Alvarez, la directora de MEP en el estado de Arizona. “Ahí entramos nosotros, porque es perturbador pensar en qué sucedería si nuestro programa no existiera”.

[Los trabajadores indocumentados que alimentan a California arriesgan su salud para conseguir dinero durante la pandemia]

Alrededor de 10,000 estudiantes pueden solicitar la ayuda del MEP en Arizona, donde la industria agrícola deja hasta 23,000 millones de dólares en ganancias, según datos del Departamento de Educación.

Antes de la pandemia del COVID-19, el equipo educativo de Alvarez visitaba los campos para entrevistar a los trabajadores agrícolas y para encontrar a jóvenes que pudieran beneficiarse de los recursos del programa, que incluyen hasta anteojos y aparatos auditivos para quienes los necesitaran. En total, “cualquier herramienta para ayudarlos a tener éxito en el colegio”, explicó Alvarez.

Ahora con el coronavirus hay otro reto: cómo asegurarse de que los jornaleros menores de edad, incluyendo a los migrantes, tengan acceso a computadoras y a internet ahora que muchas escuelas de Arizona están teniendo clases solamente virtuales.

“Definitivamente nos preocupa que para los niños migrantes y para nuestros estudiantes de esas comunidades [agrícolas] el acceso al internet es complicado”, señaló Kathy Hoffman, superintendente para la educación pública en Arizona.

“A veces no es tanto si tienen una laptop o no, sino que al llevar la laptop a casa probablemente no tengan wifi. Entonces no es algo muy conveniente para la experiencia educativa”, indicó.

Asistencias experimentales; horarios extenuantes

En lugares como las secundarias de PPEP TEC High, colegios tipo charter enfocados en la educación de poblaciones vulnerables como menores sin casa o migrantes, se repartieron computadoras y puntos de conexión móviles a los hogares que lo necesitaban.

En circunstancias muy contadas, PPEP TEC también permitió que algunos estudiantes, como las hermanas Aguilar, tengan mecanismos experimentales para las clases; les envían paquetes impresos con tareas en vez de que tengan cursos cada día.

Las Aguilar comentan que sí es difícil seguir en la escuela mientras trabajan, pero que quieren priorizar su educación para volverse “grandiosas personas”. Actualmente solo toman clases los viernes, y aún así apenas si tienen tiempo libre.

Cuando hay trabajo agrícola, las jóvenes esperan a los autobuses en diversos estacionamientos desde las 4:30 de la mañana; los buses las llevan a campos a una hora y media de distancia.

Ahí suelen trabajar ocho horas despejando malas hierbas de tierras donde se cosecha melón. Después toman los autobuses de regreso y, en el camino a casa, intentan hacer la tarea o tomar siestas.

Llegan a su hogar alrededor de las 4:00 p.m., cuando intentan dormir un poco.

Para las 10:00 de la noche ya están despiertas de nuevo, para terminar la tarea que les faltó y para estudiar hasta las 3 de la mañana, cuando salen camino al estacionamiento de nuevo.

“Es difícil, pero al mismo tiempo es bueno, porque así seguimos en la escuela”, dijo Jimena Aguilar. “Y así tampoco nos perdemos un solo día de trabajo”.

Jimena es la mayor de cinco hermanos, por lo que pesan más responsabilidades sobre su espalda para cuidar a los demás. Además, con sus ingresos las hermanas ayudan a sus padres, que perdieron hace poco su trabajo en México, a donde fueron deportados, debido a la crisis por el COVID-19.

Jimena y Leslie ganan alrededor de 500 dólares por semana cada una. Viven con amigos de su familia a los que les pagan renta; con lo que sobra compran alimentos y pagan los servicios usados por ellas y por sus tres hermanos. Lo que sea que les quede lo mandan a México.

Las hermanas reconocen que la situación las ha hecho comportarse más como adultas que lo que quisieran a su edad, pero recalcan que sus padres fueron enfáticos y les dijeron: “’Chicas, siempre, cada vez, piensen primero en lo que necesita toda la casa y luego en lo que necesitan ustedes”.

Casos de éxito, con un poco de ayuda de amigos

Las vivencias de las Aguilar son similares a las de muchos adolescentes y adultos jóvenes que trabajan en los campos de Estados Unidos y con el sueldo ayudan a padres y otros familiares que viven del otro lado de la frontera.

Erick Delamantes actualmente estudia en el Arizona Western College. Hace unos días estaba apostado contra una camioneta blanca de cara a los campos como en los que él trabajaba como preparatoriano.

Tiene todavía presentes las largas jornadas, especialmente largas cuando lo que hubiera preferido era pasar tiempo con su familia sin perder el trabajo. Sus familiares están en México; su empleo y sus estudios están en Arizona.

“Estaba solo aquí en Estados Unidos”, contó Delamantes a NBC News y Noticias Telemundo. Los fines de semana “me despertaba a las 2 de la mañana” y hacía fila para cruzar desde el lado mexicano en busca de empleo, mientras “hacía mucho, mucho frío porque además era trabajo durante la temporada invernal”, agregó.

Ahora con ayuda del programa CAMP, Erick ya no tiene que trabajar en el campo. Le gustaría hacer carrera como educador.

n compañero en el Arizona Western College, Luis Vargas, también es beneficiario de CAMP. Empezó a hacer trabajo agrícola de niño y todavía labora en los campos para ayudar a sus padres.

“Es mucha responsabilidad, porque ellos no pueden entrar a Estados Unidos”, dijo Vargas. “Tienen un sueldo en pesos mexicanos y yo tengo que trabajar aquí para conseguir dinero con el que puedan sostenerse también mis hermanos y toda la casa”.

Vargas recalcó que pese a las barreras y el sentimiento de lejanía «hay que seguir adelante» para cumplir los sueños y metas que jóvenes como él tengan.

Hay pocos datos sobre cuántos jornaleros menores de edad viven sin sus padres, explicó Kendra Moesle, de la Campaña para los Niños en el Campo de AFOP, la asociación de trabajadores agrícolas. Aunque datos de una encuesta del Departamento de Trabajo señalan que solo 10% de los jóvenes campesinos sondeados vivían con sus papás entre 2004 y 2009.

Muy pocos de los trabajadores agrícolas” son de familias blancas empobrecidas como solían serlo a principios del siglo XIX, indicó Moesle. “Actualmente algunos son jóvenes negros, otros caribeños, pero casi todos comparten algún vínculo con otro país. El patrón casi siempre es que si no nacieron ellos mismos en el extranjero entonces sus padres son de otro país”.

El que sus padres estén del otro lado de la frontera es una de las razones que las motiva a esforzarse tanto en la escuela como en el campo, aunque las hermanas Aguilar dicen que estar separadas de sus padres es emocionalmente difícil.

“Extraño que estemos juntos, cuando siempre nos despertamos todos en la mañana y nos tocan abrazos”, comentó Jimena Aguilar.

Aunque los domingos hay un descanso merecido: las adolescentes cruzan desde el condado de Yuma hacia San Luis Río Colorado, en Sonora, para ver a su mamá y papá. Ayuda que las chicas viven a unas 25 millas de dos diferentes puentes fronterizos.

En la ocasión en que el equipo de NBC News y Noticias Telemundo acompañó a las jóvenes en su trayecto, Jimena y Leslie se prepararon para cruzar portando solo lo básico: botellas de agua, su monedero y, lo que no podía faltar, su tarea.

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