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Tu Tiempo Digital/ Fabiola Navarrete

Hola a todos, llena de gozo e infinito agradecimiento les saludo. Le pido al Señor que los siga sustentando con la diestra de su justicia y que no permita que nadie los arrebate de su mano.

El corazón se me parte en dos cada vez que veo como la soberbia y el egoísmo se sigue apoderando de más personas. Pero lo que más me duele es ver a muchos adolescentes y niños agrediendo tanto verbal como físicamente a otros y reflejando tanto rencor que han guardado en su corazón.

Es urgente que los adultos tomemos conciencia de este creciente problema. Los jóvenes y niños serán los adultos que conformará la sociedad futura y debemos hacer algo pronto para que esta conducta agresiva se erradique lo más pronto posible.

Los que somos padres de familia debemos asumir nuestra enorme responsabilidad de educar hombres y mujeres compasivos, generosos, agradecidos, amorosos y humildes. Esta última característica es muy importante y hoy nos enfocaremos en ella.

Jesús fue quien nos enseñó de la mejor manera cómo ser humildes. Él nunca se sintió superior a nadie y estuvo atento de las necesidades de los demás para poderlos ayudar. Fue un siervo de Dios y de los hombres.

Muchas personas piensan que ser humildes es mostrar debilidad y dejar que todos te pisoteen, pero no es así. El que sabe reaccionar de manera apacible es quien en verdad se lleva las palmas y quien demuestra que tiene dominio propio. Jesús mismo nos dijo que quien se exalte así mismo será humillado  y quien se humille, será exaltado. (Lucas 14:11).

Desde que nuestros hijos son pequeños debemos inculcarles, pero sobre todo, practicar la humildad, pues recordemos que se enseña con el ejemplo. Si un hijo sabe lo que es la humildad, pero ve a sus padres reaccionando de la peor manera cuando alguien los agrede, en ese momento dirá que eso de la humildad son solo palabras y se le quedará más grabado el comportamiento de sus padres.

Hoy quiero leerles un versículo que se encuentra en Filipenses 2:3-4 que dice “Nada hagáis por contienda o vanagloria, antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.

Estas palabras que nos dejó Dios a través del aposto Pablo, son claves cuando se trata de comprender la humildad. Hacer las cosas por vanagloria es actuar esperando recibir dinero, fama o bienes materiales. Cuando hacemos cosas por contienda es para demostrarle a los demás que somos mejores que ellos. Quien hace las cosas buscando estos dos fines, será una persona que no trataré con respeto a los demás. Este tipo de personas son las que siempre tienen la razón, no tienen ya nada que aprender de sus semejantes.

Muy por el contrario, una persona de corazón humilde tiene un carácter enseñable y está siempre dispuesta a escuchar y aprender de los demás. La verdadera fortaleza de un hombre se muestra al reaccionar de la manera más tranquila posible cuando alguien más lo agrede. Ahí es donde se demuestra la verdadera humildad. Alguien humilde posee una sobriedad emocional que incluso sorprenderá a otros.

Sé que a todos nos cuesta trabajo mantener la calma cuando alguien nos está diciendo algo que nos lastima, pero les diré algo que a mí me ha ayudado mucho en estas situaciones. Yo en cuanto escucho algo hiriente que sale de la boca de otro ser humano, traigo a mi mente el versículo que dice “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6:45).

Al recordar esto podremos sentir compasión y misericordia por esa persona que nos está ofendiendo y nos darán ganas de ponernos a orar por él o ella. Es muy triste darnos cuenta que esa persona tiene un corazón endurecido, un corazón lleno de oscuridad. Si logramos ver así a las personas que nos ofenden, nos costará menos trabajo reaccionar con mesura y sin nosotros ofender de regreso.

Es cierto que como hijos de Dios también tenemos autoridad y es muy sano establecer límites, pero aún esto se debe hacer a través de un carácter humilde, de una manera educada y reflejando ese amor que ya Dios puso dentro de nosotros y que debemos compartir a los demás.

Busquemos siempre, como nos dice el apóstol Pablo en la continuación del versículo de hoy, que habite en nosotros el mismo sentir que existió en Jesús, quien no se aferró a su título de hijo de Dios y en su condición de hombre, se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo.

Seamos unos fieles y humildes hijos de Dios!

Les amo, les abrazo y primero Dios los veo muy pronto.

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