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Fabiola Navarrete/ Tu Tiempo Digital

Hola a todos, con inmensa alegría los saludo y pido al Señor sean gratos los dichos de mi boca y que este mensaje llene de paz y aliento a quienes lo escuchen.

En esta ocasión hablaremos sobre el poder de las palabras que ya hemos visto en otras ocasiones pero no desde el mensaje que se encuentra en Santiago capítulo 3. Aquí nos habla en específico de controlar o frenar nuestra lengua.

La lengua es un órgano muscular que nos permite masticar y percibir el sabor de lo que comemos, pero así también, tiene un papel muy importante en la emisión de sonidos. Es muy importante que nosotros seamos los que controlemos la lengua. Así como hemos aprendido a domar a varios animales salvajes, de la misma manera, debemos poner un freno en nuestra lengua.

La mayoría de nosotros dejamos salir palabras de nuestra boca sin ponernos a pensar en lo que afectará eso que estamos diciendo. No creo haya una persona que no se arrepienta de lo que ha dicho, sobre todo cuando estamos airados. En Santiago 3:2 dice: “Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto; capaz también de frenar todo el cuerpo”.

Hoy en día se acostumbra mucho decir que las personas ya no tienen filtro en la boca, es decir, que dicen todo tal como se les ocurre, sin ninguna sutileza. Ese filtro en realidad es la “prudencia” que en todos debe prevalecer. Una persona imprudente será quien dice algo en el momento menos indicado y utilizando las palabras más ofensivas. Toma unos segundos que las palabras salgan de nuestra boca, pero a la otra persona a quien le llegan estas palabras, le puede tomar muchos años o incluso toda una vida olvidar lo que le dijimos. Se puede herir igual con las palabras que con una cachetada.

El mismo Jesús nos dijo que lo que entra en la boca no es lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella (Mateo 15:11). Cuidar lo que comemos es importante para nuestro cuerpo, pero es más importante ser cuidadosos en lo que sale de nuestra boca porque eso puede ser lo que hiera o contamine a otro ser humano.

Tratemos de ser más prudentes y considerar el daño que nuestras palabras pueden hacer antes de emitir un sonido. En Santiago 3:10 dice “De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos esto no debe ser así”. No está bien que digamos buenas palabras a ciertas personas pero que ofendamos con nuestras palabras a otros. De una misma fuente no puede salir agua dulce y agua salada.  Aprendamos a elegir bien las palabras que usaremos buscando siempre que edifiquen y sean de bendición para los demás.

Ahora bien, es momento de recordar que dependiendo lo que tengamos en nuestro corazón, serán las palabras que saldrán de nuestra boca. Jesús nos dijo que de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34). Esto nos debe servir para ser más cuidadosos con lo que guardamos en nuestro corazón, pero también nos debe servir para comprender a aquellas personas que nos ofrenden y verlos con compasión, pues quiere decir que su corazón está lleno de dolor, envidia, amargura, rencor, egoísmo, etc.

¿Cómo frenamos nuestra lengua?

1.- Llenando nuestro corazón de cosas buenas. Todo aquello que le agrada a Dios debe abundar en nuestro corazón. Filipenses 4:8: “Piensen en todo lo que es verdadero, en todo lo honesto, en todo lo justo, en todo lo puro, en todo lo amable, en todo lo que es digno, todo lo que tiene una virtud y en todo lo digno de alabanza”. Todo esto debe habitar en nuestra mente y nuestro corazón. Proverbios 4:23 “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de él mana la vida”.

2.- Orando continuamente. Pidamos a Dios que limpie nuestro corazón tal como lo hacía el Rey David. Salmos 51:10: “Crea en mi Oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí”. Es Dios el único que conoce y escudriña nuestro corazón, así que sólo Él podrá saber si nuestro corazón está realmente limpio. Yo en lo personal, le pido que no permita que crezca ninguna raíz de amargura en mi corazón y que me ayude a perdonar la ofensa para que no se guarde ningún resentimiento dentro de mí porque eso luego se convierte en odio.

3.- Leyendo la Palabra de Dios. Es ahí donde encontraremos esos mensajes alentadores que necesitamos grabar en nuestra mente y corazón para poder permanecer firmes en nuestra Fe, actuar correctamente y recibir todas esas bendiciones que Dios tiene para los que le aman. Quien sabe y repite los versículos de la biblia tendrá el mejor vocabulario.  Josué 1: 8: “Este libro de la ley nunca se apartará de tu boca, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito, porque entonces harás prosperar tu camino y todo te saldrá bien”.

Seamos una fuente de agua dulce y que de nuestra boca salgan sólo palabras de bendición.

Les amo, les abrazo y primero Dios los veo muy pronto.

 

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