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Después de siete décadas de espera, el rey Carlos III fue coronado este sábado, junto a su esposa Camila, en una ceremonia ancestral marcada por la pompa y el simbolismo, además de algunos toques de adaptación a los tiempos modernos.
Entre trompetas, tambores y salvas de cañón, el día comenzó con el ceremonioso traslado de los reyes desde el Palacio de Buckingham hasta la Abadía de Westminster, donde los esperaban 2,000 invitados.
Las calles de Londres, en un ambiente muy festivo a pesar de la lluvia, ya estaban abarrotadas desde tempranas horas de la mañana, tanto de simpatizantes como policías: el mayor despliegue de seguridad de la historia del país.
Además, en la londinense plaza Trafalgar se reunieron los detractores de la Monarquía, entre los que se reportaron algunos arrestos.
El arzobispo de Canterbury, Justin Welbyn, presidió el núcleo de la coronación, un servicio religioso que incluyó algunos ancestrales ritos como la Presentación, la Juramentación y la Unción.
Tras eso, la llamada procesión de la coronación, un masivo desfile militar, llevó de vuelta a los reyes a Buckingham donde saludaron a la multidud desde el balcón junto a su familia, salvo el príncipe Harry.







































