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Jorge Cota

Nadie nace odiando. Los niños nacen sin prejuicios. El racismo revela lo peor del ser humano y causa un daño incalculable a nuestra alma. El racismo daña la dignidad del corazón humano. Ninguna actitud es más destructiva. El racismo le niega la humanidad a otros. El racismo ha causado más dolor y pérdida humana que cualquier otra cosa. La mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo que no podemos juzgar a un libro por su portada pero la fea realidad es que las personas a menudo se juzgan entre sí por el color de su piel. Seis libras de piel se convierte en la base de aceptación o rechazo. En un mundo cargado de odio, racismo y violencia debemos reflexionar y hacer un inventario de nuestros corazones. Como puedes ver, no podemos esperar una transformación social si no hay antes una transformación personal. La maldad no se puede legislar. Jesús afirmó que el corazón era la fuente de cada maldad. «Porque del corazón provienen malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias.» Entonces, ¿cómo debemos responder? Debemos adoptar la actitud de Dios. Dios no es racista. Dios no tolera la parcialidad y nosotros tampoco deberíamos tolerarla en nuestra vida. Jesús no tenía prejuicios. Jesús aceptaba y amaba aquellos que eran diferentes. Recibió a los cobradores de impuestos. Aceptó a los gentiles. Recibió a los pobres, los enfermos, y los ricos. Aceptó a una prostituta y a una mujer adultera que estaban buscando el perdón. Fuimos creados a la imagen y semejanza de Dios y debemos comprender que solamente hay una raza y es la raza humana y debemos ver a los demás como Dios los ve. Nunca habrá paz entre nosotros hasta que permitamos que Cristo habite en nosotros y ponga fin a las guerras raciales que se desatan en el corazón humano.

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